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190ª Aniversario de la UBA
La Universidad de Buenos Aires cumplió sus primeros 190 años desde su creación. Durante este tiempo, han ocurrido innumerables acontecimientos que hoy la posicionan como una de las universidades más importantes de Latinoamérica.

Con motivo de su aniversario el pasado 12 de agosto, les hacemos llegar el siguiente texto, elaborado por Amalia Beatriz Dellamea, del Centro de Divulgación Científica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica; que narra la historia de la prestigiosa universidad argentina: su origen, los conflictos por los que atravesó; hasta su actualidad.

La Universidad de Buenos Aires, la UBA, fue creada en 1821, luego de un muy dilatado proceso de génesis. El Edicto de Erección está fechado el 9 de agosto de 1821. Lleva la firma de Don Martín Rodríguez, Brigadier general, Gobernador y Capitán general de la Provincia de Buenos Aires, y está refrendado por el entonces secretario de Gobierno de la Provincia, Don Bernardino Rivadavia. El principal impulsor de la creación de la UBA fue el presbítero Antonio Sáenz, quien, además, fue el primer rector de la institución; cargo que desempeñó hasta su muerte, el 22 de julio de 1825 (Ver en este Informe Especial, la Segunda Parte).

Tres días más tarde de emitido el Edicto, el 12 de agosto, la UBA iniciaba su funcionamiento efectivo. La inauguración se realizó en la Iglesia de San Ignacio, en la Manzana de las Luces, como se la conoce actualmente, situada en un privilegiado lugar del centro histórico de la ciudad de Buenos Aires.

La institución asumió una estructura departamental, con seis departamentos. Al frente de cada uno de ellos había un Prefecto. Los departamentos eran: Primeras Letras, Estudios Preparatorios, Ciencias Exactas, Medicina, Ciencias Sagradas y Jurisprudencia.

Como señaló el Doctor en Historia, Tulio Halperín Donghi, en su obra señera “Historia de la Universidad de Buenos Aires”, publicada en 1962: “La Universidad nace sin estatuto, con varios organismos de gobierno --Rector Cancelario, Tribunal Literario, Sala de Doctores— cuyas funciones no se delimitan, marcada de una provisionalidad que ha de mantener largamente en su trayectoria histórica”. A lo que agrega: “Esta institución tan imprecisamente dibujada es, sin embargo, una de las piezas maestras de la reconstrucción del Estado que comienza precisamente en 1820”. Halperín Donghi se formó en la UBA, donde además enseñó. Pero en 1967 se radicó en los Estados Unidos, donde es actualmente profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley.

Desde la Revolución de Mayo de 1810 y durante toda la década que la siguió las provincias del antiguo Virreinato del Río de la Plata vivieron una agitada década, caracterizada por una marcada inestabilidad, tanto política como económica y social. Sumado a las guerras por la independencia, debían contarse los conflictos y desinteligencias internas. Así fue que, desde 1810 hasta 1820 se sucedieron diversas formas de gobierno, inicialmente colegiadas y posteriormente unipersonales: la Primera Junta, la Junta Grande, el Primer Triunvirato, el Segundo Triunvirato y el Directorio. Finalmente, la provincias se autonomizaron. Para 1820, la Provincia de Buenos Aires era, consecuentemente, un Estado autónomo y la ciudad de Buenos Aires se convirtió en su capital.

Entre todos esos vaivenes, e incluso a pesar de ellos, pueden entreverse las pertinaces gestiones que el presbítero Antonio Sáenz, con una decidida vocación de dotar a Buenos Aires de enseñanza superior de calidad y actualizada a los tiempos que corrían, efectuaba ante cada nuevo gobierno que, presumía, podía serle propicio a su firme intención de crear una Universidad porteña.

Pero toda esta época de convulsiones y transformaciones provocadas por los esfuerzos bélicos que debieron desarrollarse habían marcado fuertemente, como no podía ser de otra manera, la vida de las instituciones. “Este estado de cosas había reorientado las iniciativas y los recursos científicos en un sentido de militarización”, plantea el doctor en Medicina y doctor en Historia, Miguel de Asúa en su obra La Ciencia de Mayo, publicada en 2010. Las instituciones técnicas y de formación profesional funcionantes por entonces debieron orientar sus objetivos, esfuerzos y recursos a formar oficiales, ingenieros militares y cirujanos militares destinados a los ejércitos que libraban las guerras de la independencia.

Por su parte, el Doctor en Historia Pablo Buchbinder, autor de “Historia de las Universidades Argentinas”, y profesor asociado de la Universidad Nacional de General Sarmiento, provee de un contexto para justipreciar ese corte histórico, señalado con frecuencia como una verdadera nueva etapa, luego del derrumbe del gobierno central de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Relata Buchbinder, también investigador del CONICET, que “un grupo dirigente, integrado por personalidades notables provenientes ya fuese del foro, o del ámbito eclesiástico, asumió la conducción del nuevo Estado (de la Provincia de Buenos Aires). Las nuevas autoridades, lideradas por el gobernador Martín Rodríguez y su secretario de Gobierno, Rivadavia, procuraron llevar a cabo una reorganización del aparato del Estado para modernizarlo y adecuarlo a las circunstancias políticas… La renovación del sistema de enseñanza pública se encontraba también entre los objetivos del gobierno”.

Ese período que, como ya fue dicho, se inicia en 1820, podría llamarse “la ciencia de Rivadavia” y tendría otro tenor; entendida esta expresión como una metáfora de un momento histórico que se encarna en uno de sus protagonistas más significativos --anticipa de Asúa, investigador del CONICET y profesor de Historia Social en la Universidad de General San Martín. Para este experto, también puede hablarse de “una ´primavera científica´ que floreció en la ciudad porteña y que se prolongó en la breve presidencia de (Bernardino) Rivadavia y, en alguna medida, todavía más allá”.

Es en este contexto, entonces, que nace la Universidad de Buenos Aires. Pensada desde inicios como una “suprainstitución”, tanto así que sería la responsable de todos los niveles educativos de la Provincia de Buenos Aires, incluso de la enseñanza básica.

La UBA fue organizada sobre la base de instituciones preexistentes, como el Instituto Médico Militar, los restos de la Academia de Matemática y la Escuela de Dibujo de Fray Francisco de Paula Castañeda. “La Universidad fue concebida al estilo de la université napoleónica. Como el instrumento encargado de toda la enseñanza. Desde la elemental hasta la superior (algo así como un Ministerio de Educación actual)”, describe de Asúa, en otra de sus obras de Historia de la Ciencia en el Río de la Plata, titulada Una gloria silenciosa, publicada en 2010 en conmemoración del Bicentenario de la Revolución.

Los tres expertos en Historia cuyas obras fueron consultadas mayormente para la elaboración de esta nota coinciden en señalar los aspectos positivos, no exentos de conflictos y pugnas ideológicas, de la tarea rectoral de Antonio Sáenz en los primeros pasos de la construcción de una universidad sólida, tarea que lamentablemente no pudo ver definitivamente lograda dada su repentina muerte en 1825, cuando faltaba menos de un mes para que se cumpliera el cuarto aniversario de la inauguración de la Universidad de Buenos Aires.

Un párrafo aparte merecen los esfuerzos por impulsar el desarrollo de las Ciencias Exactas y Naturales, que le iba a conferir a la Universidad de Buenos Aires una impronta diferencial, apartándola de modelos de enseñanza escolástica y fuertemente determinados por la influencia confesional, característicos de las universidades de la época de la colonia.

A Sáenz sucedió el doctor Valentín Gómez en el gobierno de la Universidad. Nuevas crisis políticas volverían a cernirse sobre el territorio nacional y particularmente en la provincia de Buenos Aires. Con lo que si bien este Rector “inició una serie de reformas que afectaron tanto al sistema de gobierno como la reglamentación de los títulos y los requisitos para ingresar a los estudios superiores; otros proyectos no llegaron a implementarse porque la extrema agitación política que vivió Buenos Aires a partir de la caída de (del gobernador) Manuel Dorrego, en 1828, los impidieron”, detallan María Caldelari, Patricia Funes y colaboradores en el trabajo historiográfico que realizaron para la conmemoración de los 170 años de la UBA.

A MODO DE COLOFÓN

Como se señala en la página oficial de la UBA, desde su creación la institución ha transitado los derroteros de la historia del país y de la ciudad como universidad provincial y --desde 1881-- nacional, así como los caminos más específicos que hacen a la construcción de un centro académico, cultural y científico, espacio de formación de profesionales, de circulación y producción de conocimientos.

“La Universidad de Buenos Aires siempre ha sido una palanca fundamental en el desenvolvimiento argentino; de sus claustros egresaron generaciones de investigadores, profesionales, ciudadanos calificados y responsables; más aún contribuyó a la estructuración de una masa crítica de cultura”, escribía el recordado doctor Honoris causa de la UBA, Gregorio Weinberg, veinte años atrás. Y, en la oportunidad que brinda esta conmemoración, resulta pertinente reiterar lo expresado entonces por este profesor, intelectual, investigador y escritor: Rescatar momentos capitales de su historia permite recuperar, críticamente, una tradición ubérrima, fecunda y aleccionadora.

ACTUALIDAD

La universidad pública más grande de la República Argentina y una de las más prestigiosas en América Latina conmemora sus 190 años de existencia. Hoy en día, la UBA tiene 13 facultades, 4 colegios secundarios, 6 hospitales y 15 centros regionales. Expide más de 100 títulos de grado y 350 de posgrado. Estudian en ella unos 320.000 alumnos, 6.500 estudiantes extranjeros la han elegido para cursar sus estudios superiores. Cuenta con un plantel de unos 28.000 docentes y 12.000 trabajadores auxiliares de la salud y servicios.

 
 
 
 
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