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190ª Aniversario de la UBA
Seguimos celebrando los 190 años de la Universidad de Buenos Aires narrando su historia. Hoy les acercamos el informe sobre el precursor que llevó adelante el proyecto de esta universidad, que actualmente es una de las más importantes de Latinoamérica.

Con motivo de su aniversario el pasado 12 de agosto, les hacemos llegar la segunda parte del informe especial elaborado por Amalia Beatriz Dellamea sobre la prestigiosa universidad argentina. En esta oportunidad, se dará a conocer a quien fuera la primera persona que soñó con una educación pública y gratuita para el país: el Dr. Antonio María Sáenz.

Historia de la Ciencia - Historia de la Universidad de Buenos AIRES

INFORME ESPECIAL en conmemoración de los 190 años de la uba - sEGUNDA PARTE

Semblanza de antonio maría sáenz,

TENAZ propulsor de la universidad de buenos aires

Amalia Beatriz Dellamea*

Centro de Divulgación Científica

Facultad de Farmacia y Bioquímica

Universidad de Buenos Aires

“Sáenz (…) veía ante todo en la Universidad el medio para evitar la ruptura total de la continuidad cultural, la caída `en una generación de barbarie a la que estamos próximos´”.

(Tulio Halperín Donghi citando a Antonio Sáenz, 1962)

El presbítero Antonio María Sáenz fue un ferviente impulsor de la creación de la Universidad de Buenos Aires, la UBA, institución que festeja actualmente 190 años de vida.

Del clérigo Sáenz no puede decirse, en absoluto, que haya destinado su vida a contemplar el devenir de los procesos históricos sin injerirse en ellos, como da clara muestra su dilatada actuación política y gestión institucional en su, no obstante, corta vida. Sin embargo, no siempre en la historiografía argentina se le han reconocido con justeza sus méritos.

La paternidad de la Universidad de Buenos Aires comúnmente es atribuida a quien por entonces era el secretario de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia. Pero, el responsable de la creación de la UBA fue su primer rector: el Dr. Antonio Sáenz. El doctor en Medicina y doctor en Historia de la Ciencia Miguel de Asúa explicó en una entrevista reciente con la agencia CyTS, las causas de ello: “Rivadavia era secretario del gobierno de Martín Rodríguez, entonces, como político, tenía más visibilidad que la de Sáenz. Por otro lado, está el asunto que en la historiografía argentina siempre hubo un conflicto entre los clericales y anticlericales y Sáenz era un sacerdote, por lo que se trató de disminuir su figura y ensalzar la de Rivadavia”.

En esta nota se brinda un recorrido por los años de lucha que este clérigo independentista recorrió, tanto en la historia institucional, política y jurídica de los territorios independizados de la Corona española en el Río de la Plata, así como en su afán de dotar a los porteños de una universidad.

De todas maneras, debe dejarse constancia de que no es desdeñable el impulso que, desde el accionar político, y en especial desde su faz ejecutiva, brindó Bernardino Rivadavia a la concreción efectiva del proyecto universitario porteño.

Es que, no por nada, Rivadavia fue el responsable de la “primavera científica”, como la llamó de Asúa, que se vivió en la década de 1820 en el Río de la Plata.

Pero esto será motivo de otra nota dentro de este informe especial que, con motivo de festejar los 190 años de la UBA, nos permite rescatar fragmentos salientes de la historia de la institución, pero también recobrar la historia de la ciencia que estaba naciendo en lo que se iba a llamar “Argentina”, posteriormente.

La Universidad: un anhelo que se remonta a mediados del siglo XVIII

“Ya los informes del Cabildo eclesiástico y secular emitidos en 1771, al comenzar el extenso trámite de la fundación de la Universidad porteña, revelan el creciente interés por un conocimiento vuelto hacia la acción, cuya eficacia fuese inmediatamente sensible en el marco de la vida social”, como reseñó el doctor en Historia Tulio Halperín Donghi, en su obra Historia de la Universidad de Buenos Aires.

El crecimiento demográfico, económico y político de Buenos Aires imponía una solución nueva y más radical al problema planteado por la falta de enseñanza superior. Las exigencias culturales y técnicas demandaban también un nuevo tipo de organización universitaria. “La Universidad de Buenos Aires, entonces, estaba destinada por su mismo origen a no repetir el currículum vigente en las establecidas por España en América”, recalca Halperín Donghi.

Si bien ya en 1767 el Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires había realizado la propuesta de dirigirse al Rey de España Carlos III de Borbón, para que cediera el antiguo edificio del Colegio Grande de los jesuitas, que habían sido expulsados por Real pragmática de febrero de ese mismo año, con el fin de instalar una universidad pública, y que en 1789 el entonces Virrey Vértiz mediante una Cédula Real autorizó a fundar la universidad, cédula que fue reconfirmada en 1784, 1786 y 1789; el proyecto no llegó a concretarse hasta principios de la segunda década del siglo XIX.

El desinterés prolongado de la Corona española por dotar de una universidad a la ciudad puerto más pujante de la región iba a dejar mella en los grupos de ciudadanos ilustrados que propugnaban la instalación de un establecimiento de educación superior.

Tanto así que la mezquindad de la Corona sería recordada permanentemente durante los primeros años de la gesta revolucionaria. Un hecho indicativo es el que destacan los historiadores Halperín Donghi y Pablo Buchbinder en sus obras destinadas a relatar el devenir histórico de la enseñanza superior en el Río de la Plata. Fue el destino corrido por la Escuela de Dibujo. Había sido creada a principios de 1799, pero su vida resultó notablemente corta. Para 1800 la Corona resolvió desaprobar su creación. “En ese momento de penuria financiera ( la Corona ) prefería que los fondos recaudados por el Consulado se destinasen al fisco y no a creaciones `de mero lujo´”, señala Halperín Donghi, hoy profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley. A lo que agrega: ”Esa mezquina rapacidad iba a ser muy recordada en los primeros tiempos de vida independiente: era a los ojos de los revolucionarios un signo claro de las tendencias del gobierno madrileño, que a la vez que extraía cuanta riqueza podía obtenerse de las posesiones ultramarinas, las mantenía deliberadamente en un muy bajo nivel cultural”.

Pero también conviene atender a cuestiones de orden geopolítico. “Lejos de los centros de poder español en América, el Río de la Plata careció de instituciones científicas que podían encontrarse en México, el Perú o Nueva Granada (actual Colombia). Este rasgo de frágil institucionalización fue distintivo de la situación rioplatense (…) durante el período prerrevolucionario, la ciencia giró en buena medida alrededor de las actividades de los entusiastas de la historia natural o de la física experimental”, relata Miguel de Asúa en su obra La ciencia de mayo. Hay que sumar también un frente interno, y era la decidida oposición ejercida por el Cabildo de Córdoba y del clero en general a que se creara una institución dedicada a instruir en estudios no puramente teológicos como venía siendo pensada la Universidad porteña.

Otros vientos iban a soplar después del primer lustro de guerras independentistas. Por fortuna, la causa de la creación de la UBA iba, finalmente, a recaer en afanosas manos: Antonio María Sáenz, caracterizado por una fuerte obstinación, pero de las salutíferas, de las que parece conveniente tener cuando de vencer escollos se trata.

Con la convulsionada vida de esos primeros años, prácticamente no había habido oportunidad para que los ejecutivos —sean estos colegiados o unipersonales–se abocaran a la empresa. Hasta que el 6 de febrero de 1816, el director supremo interino Ignacio Álvarez Thomas comisionó al Dr. Sáenz para fundar la universidad y redactar sus estatutos. Comenzó entonces el clérigo una fervorosa, incesante y laboriosa gestión. Pero, en aquella oportunidad, no arribó a buen puerto.

Nuevo gobierno en el Río de la Plata. Sáenz volvió a acometer y logró interesar al director supremo Martín de Pueyrredón. Es así, que el 18 de mayo de 1819 Pueyrredón remitió el proyecto de creación de la Universidad al Congreso, que lo aprobó tres días después. Puede observarse la activa gestión del clérigo: de hecho, en esa misma resolución se faculta a Sáenz para conducir el proyecto.

Inmediatamente, Sáenz inició negociaciones con el Vicario Capitular para transferir los fondos del Seminario Capitular al funcionamiento de la Universidad e incluyó tanto al Vicario como a otros religiosos entre los profesores que integrarían el claustro de la universidad proyectada. Pero, el 9 de julio de 1819, el Congreso aceptó la renuncia de Pueyrredón y designó un nuevo director. Foja cero, nuevamente.

Ahora debería Sáenz volver a la carga con el ansiado proyecto. Esta vez con el director supremo José Rondeau, quien dio su beneplácito, tanto que solicitó al Congreso la creación de la Universidad, aunque las convulsiones del año que corría, 1820, hicieron que ese órgano colegiado negara la posibilidad.

Pero pronto se daría la oportunidad de encarar otra vez el proyecto con la llegada al poder de un nuevo director supremo, en este caso Martín Rodríguez. Finalmente, el 9 de agosto de 1821 Rodríguez y su secretario de Gobierno Bernardino Rivadavia firmaron el Edicto de Erección de la Universidad de Buenos Aires.

El 12 de agosto la Universidad fue inaugurada oficialmente y Antonio Sáenz se convirtió en el primer rector de la UBA y, a la vez, en el primer director del Departamento de Jurisprudencia, que iba a ser el antecesor de la Facultad de Derecho, hasta la fecha de su muerte, ocurrida el 22 de julio de 1825.

Su gestión a cargo de la rectoría fue evaluada positivamente por los historiadores, no sin que resalten los obstáculos y contrariedades que se debieron sortear.

“Pese a las dificultades que estaban en las cosas mismas, y las agregadas por los hombres llamados a dirigir la Universidad en esa primera época, sería erróneo suponer que los tres años que duró el gobierno universitario del doctor Sáenz deban marcarse con signo negativo. Si la enseñanza superior siguió (…) un ritmo fatigado, la preparatoria y sobre todo las primeras letras se desenvolvieron en clima más favorable: la instrucción primaria en la ciudad y la campaña mereció toda la atención de Sáenz y del Prefecto de (del Departamento de) Primeras Letras; a ambos corresponde el mérito de haber llevado adelante una acción de reforma y extensión de la enseñanza que es uno de los aportes más significativos de la época rivadaviana”, rescataba Tulio Halperín Donghi.

Por su parte, Pablo Buchbinder resalta que: “A pesar de las dificultades de diferente tipo (…) Sáenz logró avances significativos en distintos planos. En 1823 consiguió reglamentar los estudios preparatorios. Ese mismo año se creó una Cátedra de Economía Política en el mismo marco del Departamento de Estudios Preparatorios que, tiempo después sería incorporada al de Jurisprudencia. También dispuso la publicación impresa de los cursos de los profesores”.

Breves referencias biográficas

Antonio María Sáenz nació el 6 de junio de 1780 en Buenos Aires, ciudad en la que murió “a las 4 de la tarde” del 22 de julio de 1825, “a los 44 años, un mes y 15 días de edad”, como escribió Juan María Gutiérrez en la biografía que dedicó a Sáenz.

Sáenz estudió en el Colegio de San Carlos. Luego se trasladó a la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca, emplazada en Sucre en el actual territorio de Bolivia. Allí egresó con el título de Bachiller en Leyes en 1804. Paralelamente tomó las órdenes sagradas en 1801. Ya de regreso en Buenos Aires, para 1806, se ordenó como sacerdote.

De aquí en adelante, ya sea por su posición, su formación, e incluso muy probablemente por sus características de personalidad (en que la tenacidad es remarcable) Sáenz desarrolló una muy enérgica acción política, que lo llevó a participar activamente desde el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, luego fue miembro de la Junta de Observación de 1815, pasando por ser uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de 1816, sin contar con su incansable gestión académica que no cesó hasta ver instaurada una universidad en Buenos Aires.

“Siguiendo con la tradición colonial española, el clero tuvo desde el inicio del movimiento independentista una actuación marcadamente significativa en la sociedad rioplatense. Su formación intelectual, el status social, así como su capacidad de influenciar a la feligresía ofreció a los sacerdotes y frailes la posibilidad de participar con gran intensidad en la acción política”, como señaló la historiadora argentina Maricel García de Flöel en su tesis doctoral realizada en la Facultad de Ciencias Históricas de la Universidad de Hamburgo, en Alemania.

A lo que García de Flöel añadió: “La decidida actuación política del clero se evidenció ya por su presencia en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, momento en que se debatió a qué autoridad se iba a obedecer. Además del obispo de la Diócesis de Buenos Aires, estuvieron presentes veintiséis sacerdotes”.

Antonio Sáenz fue uno de los participantes de aquél Cabildo que se pronunció enérgicamente a favor de cesar la obediencia al Rey Fernando VII. “En el Cabildo Abierto de mayo de 1810, debe notarse la manera como el Dr. Sáenz emitió su voto: es ya el caso, dijo, de que ´el pueblo reasuma su originaria autoridad y derechos´. En mayo de 1810 sólo podían expresarse así los caracteres muy enérgicos y las inteligencias muy cultivadas”, destacó Juan María Gutiérrez.

Bibliografía consultada

Agencia CTYS. Fue creada un 12 de agosto de 1821. La UBA cumple 190 años. Entrevista a Miguel de Asúa. Agencia de Ciencia, Tecnología y Sociedad, Universidad Nacional de La Matanza, 12 de agosto de 2011.

Babini, Nicolás. La otra Argentina. La ciencia y la técnica desde 1600 hasta 1966. Síntesis cronológica. Saber y Tiempo, Revista de Historia de la Ciencia. Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y de la Técnica “José Babini”. Universidad Nacional de San Martín. Nº 21, 2006.

Buchbinder, Pablo. Historia de las universidades argentinas. Sudamericana, Buenos Aires, 2005.

de Asúa, Miguel. La ciencia de Mayo. La cultura científica en el Río de la Plata, 1800-1820. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010.

de Asúa, Miguel. Una gloria silenciosa. Dos siglos de ciencia en la Argentina. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2010.

García de Flöel, Maricel. La oposición española a la revolución por la independencia en el Río de la Plata entre 1810 y 1820. Parámetros políticos y jurídicos para la suerte de los españoles europeos. Tesis doctoral, Facultad de Ciencias Históricas, Universidad de Hamburgo. LIT Verlag, Ibero-Amerikan Studien, Hamburgo, 2000.

Gutiérrez, Juan María. Apuntes biográficos de Escritores, Oradores y Hombres de Estado de la República Argentina. Tomo VII. Imprenta de Mayo. Buenos Aires, 1860.

Halperín Donghi, Tulio. Historia de la Universidad de Buenos Aires. Eudeba, Buenos Aires, 1º ed. 1962, 2º ed., 2002.

* Amalia B. Dellamea es Comunicadora Social, especializada en Periodismo y en Divulgación Científica y Tecnológica, área profesional en la que ejerce ininterrumpidamente desde hace 25 años. Es Magister en Educación Social y Animación Sociocultural con orientación en Educación para la Salud.

 
 
 
 
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