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Protección contra COVID-19: más allá de los anticuerpos

Las respuestas inmunes celulares y humorales pueden ser evaluadas en las primeras etapas del desarrollo de la vacuna. Sin embargo, la vigilancia de las respuestas a las vacunas en grandes poblaciones sólo es factible a través de la medición de respuestas de anticuerpos, ya que la evaluación de la las respuestas dependen del tiempo y los ensayos son costosos. Los anticuerpos neutralizantes pueden representar el mejor correlato humoral, pero su uso para las pruebas de rutina no es práctico debido a problemas técnicos y no brindan la misma protección contra todas las variantes. Por lo tanto, se utiliza la sero-epidemiología para realizar un seguimiento del lanzamiento de la vacuna. Sin embargo, las pruebas de anticuerpos para evaluar las vacunas COVID-19 se han convertido en una rutina y hay percepciones erróneas sobre la interpretación de esta información entre la población general. Lo que conduce a una falsa comprensión de la eficacia de la vacuna, contribuyendo a la vacilación en la aplicación de determinadas vacunas y aumentando ansiedad. Además, la ausencia de anticuerpos en las pruebas  de rutina puede explicarse por resultados falsos negativos.

Una práctica importante que ha obstaculizado  las campañas de vacunación de COVID-19 es la de autoevaluación para anticuerpos después de la vacunación. La población general no entiende que no hay un nivel específico de anticuerpos como un límite claro para una protección del 100%. Por lo tanto, aunque los estudios de respuestas humorales a las vacunas en poblaciones a lo largo del tiempo son necesarias para la ciencia, la comunidad y los desarrolladores de vacunas, tales estudios necesitan ir acompañados de mensajes claros para el público aclarando que los niveles totales de anticuerpos y la protección podrían no ser vinculados directamente. Se necesita más investigación para determinar si la disminución de la positividad de IgG después de la vacunación es similar a la protección decreciente contra enfermedad.

Las decisiones tomadas sobre la necesidad y beneficios de una tercera dosis  deben basarse además de los estudios de sero-epidemiología en la protección en términos de reducción de muertes y admisiones en UTI, especialmente considerando las nuevas variantes.


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