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Diagnóstico microbiológico de la infección por SARS-CoV-2

En diciembre del 2019, desde Wuhan, China, se informó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) de una serie de casos de enfermedad respiratoria grave atribuibles a la infección por un nuevo coronavirus. Rápidamente se obtuvo y se puso a disposición de las autoridades sanitarias y la comunidad científica internacional la secuencia de este nuevo coronavirus que pasaría a denominarse SARS-CoV-2 (1,2).

El SARS-CoV-2 es un coronavirus estrechamente relacionado con coronavirus endógenos de diferentes especies de murciélagos, que podría haber atravesado la barrera de especie e infectado a las personas a través de un huésped intermedio, como por ejemplo el pangolin. El SARS-CoV-2 se ha clasificado en el género Betacoronavirus (subgénero Sarbecovirus) de la familia Coronaviridae (3). Es un virus envuelto con un ARN monocatenario de polaridad positiva de 30kb de longitud (1). El virus posee una polimerasa con actividad 3'-5' exoribonucleasa, es decir posee un mecanismo de corrección de los errores de copia de su propio genoma, lo que en principio le confiere una cierta estabilidad genética. Sin embargo, hemos podido comprobar su nada despreciable variabilidad genética cuando es sometido a presiones ambientales adversas como la respuesta inmune de la población, consecuencia de la infección o de la vacunación.

El genoma codifica, además de proteínas no estructurales necesarias para su ciclo biológico, cuatro proteínas estructurales principales: la espícula (S), la envoltura (E), la membrana (M) y la nucleocápside (N). De éstas, las proteínas S y N son las que presentan un mayor interés desde el punto de vista del diagnóstico microbiológico.


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